La
primera zambullida
La
primera vez que oí hablar de meditación no me interesó nada.
Ni siquiera sentí curiosidad. Me pareció una pérdida de
tiempo. Aunque lo que llamó mi atención fue la frase: «La
verdadera felicidad está en el interior». Al principio me
pareció algo mezquina, porque no te dice dónde está ese
«interior» ni cómo alcanzarlo. Pero no obstante, parecía
esconder cierta verdad. Y empecé a pensar que tal vez la
meditación fuera un modo de llegar al interior.
Me
informé sobre la meditación, hice algunas preguntas y empecé
a considerar distintas variantes. Justo entonces, telefoneó
mi hermana y me contó que llevaba seis meses practicando
meditación trascendental. Noté algo en su voz. Un cambio.
Una nota de felicidad. Y pensé: «Eso es lo que yo quiero».
De
modo que en julio de 1973 acudí al centro de MT de Los
Ángeles y conocí a una instructora que me gustó. Se parecía
a Doris Day. Y me enseñó una técnica. Me dio un mantra, que
es un pensamiento-vibración-sonido. No se medita sobre su
significado, pero es un pensamiento-vibración-sonido muy
específico.
La
instructora me condujo a una salita para que meditara por
primera vez. Me senté, cerré los ojos, empecé a entonar el
mantra y fue como si estuviera en un ascensor y cortaran el
cable. ¡Bum! Caí en la dicha, en pura dicha. Y ahí me quedé.
Luego la maestra me avisó: «Hora de salir; ya han pasado 20
minutos». Yo exclamé: «¡¿Ya han pasado 20 minutos?!» (...)
Me resultó una experiencia familiar, pero a la vez nueva y
poderosa. Desde entonces opino que la palabra «única»
debería reservarse para esa experiencia. Te conduce a un
océano de conciencia pura, de conocimiento puro. Pero te
resulta familiar, eres tú. Y al instante emerge una
sensación de felicidad: no de felicidad bobalicona, sino de
honda belleza.
No
me he saltado una meditación en 33 años. Medito una vez por
la mañana y otra por la tarde, durante unos 20 minutos en
cada sesión. Luego me ocupo de los asuntos cotidianos. Y
descubro más alegría al hacer las cosas. Más intuición. El
placer de vivir crece. Y la negatividad remite.
El
sofocante traje de goma del payaso
Cuando empecé a meditar estaba lleno de preocupaciones y
miedos. Me sentía deprimido y enfadado. A menudo descargaba
esa rabia en mi primera esposa. Después de un par de semanas
de meditación, mi mujer me preguntó qué pasaba. Me quedé un
momento en silencio. Pero al final le pregunté a qué se
refería. Y me dijo: «¿Dónde ha ido a parar la rabia?». Y yo
ni siquiera me había dado cuenta de que había desaparecido.
Llamo a esa depresión y rabia el Sofocante Traje de Goma del
Payaso de la Negatividad. Es sofocante y la goma apesta.
Pero en cuanto has empezado a meditar y bucear, el traje de
payaso comienza a desintegrarse. Al final te das cuenta de
lo pútrido que era el olor cuando empieza a desvanecerse.
Luego, al disolverse, te sientes libre.
La
depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una
historia, pero para el cineasta o el artista son veneno. Son
como unas tenazas de la creatividad. Y si te aferran, apenas
puedes levantarte de la cama, y mucho menos experimentar el
fluir de la creatividad y las ideas. Para crear hay que
tener claridad. Tienes que ser capaz de atrapar ideas.

VEA LA
INVESTIGACION CIENTIFICA
DEL PROGRAMA MEDITACION TRASCENDENTAL
