¿
Qué es la meditación?

Cyro Rodríguez Barrios

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En busca del Lynch verdadero.

 

El cineasta de culto publica «Atrapa el pez dorado», donde revela las claves más enigmáticas de su cine. La meditación trascendental, confiesa en el libro, ha marcado toda la trayectoria del director

Asegura Lynch que nada de cuanto ha rodado se explicaría sin la búsqueda de la «felicidad interior».
 
 
Manuel Calderón
madrid- Los que consideran el cine de Lynch como una inquietante mirada al lado más oscuro y desconocido de la realidad -desconocido por inimaginable, porque todavía nadie le ha puesto imagen-, sus textos, ahora publicados bajo el título no menos escurridizo de «Atrapa el pez dorado» (Reservoir Books, Mondadori), confirma esa idea y la sobrepasa, porque, si algo ha marcado la carrera de este cineasta al que sí se le puede aplicar sin abusar la coletilla de «culto», es la «meditación trascendental». La meditación le ha permitido, confiesa, ser más él, por lo que habrá que entender su filmografía como un camino en busca del verdadero Lynch. Quizá los seguidores de «Twin Peaks», la serie que más que telespectadores creó devotos, puedan ahora atar algún cabo. Nada de lo que ha hecho en cine, confiesa, se explicaría sin la búsqueda de la «felicidad interior». No hay otra verdad, sólo obsesiones. Debe ser así, porque desde que descubrió que ese era el camino para prescindir de lo superficial «no me he saltado una meditación en 33 años». «Ha sido un modo de zambullirme más a fondo en la busca del gran pez», escribe. No hay para Lynch mejor cebo para pescar que el deseo.
Era 1973 se trasladó a Los Ángeles, tras estudiar arte y pintura en Filadelfia, para dedicarse al cine, actividad a la que, como casi todo en Lynch, llegó de manera misteriosa, cuando se sintió atraído por la meditación. Nada que ver con la visita a un «spa» urbano. Es, no podría ser de otra manera, una ejercicio radical que puede llevarle a lo Absoluto o al Vacío, que para el caso es lo mismo. Es en esos años cuando empieza el rodaje de «Cabeza borradora», película que los admiradores de Lynch consideran su obra clave y que tardó cinco años en realizar por problemas de financiación, dudas existenciales y la petición de su padre de que se dedicara a otra cosa, y eso dicho antes de que concibiese ese monstruo que gemía sin parar nacido del vientre de una mujer y un tal Jack Nance de rostro expresionista y pelos encrespados. «?Cabeza borradora? es mi película más espiritual. Nadie me entiende cuando lo digo, pero así es», se justifica. Pudo acabarla porque consiguió algo de dinero y aliento espiritual. Él mismo se sorprende de que tardase un año y medio en rodar la escena en que Jack cruza una puerta. Explica Lynch que cogió una Biblia y halló una frase que le indicó el camino: «Creo que nunca diré qué frase fue». Ese debe ser el gran misterio de Lynch.
A golpe de iluminación
La complejidad de su cine, realizado a golpe de iluminaciones o por la casualidad de tropezar con un «object trouvé» a la manera surrealista, confía en la «intuición» del espectador, «porque todos hemos sido bendecidos con ella». «Las películas son como tú eres», director y espectador, de ahí que cada proyección sea distinta siempre y que lo que se cuece en la cabeza de Lynch sea lo que vemos en la pantalla. El «object trouvé» explica cómo se le ocurrió «Terciopelo azul»: «Primero unos labios rojos, unos jardines verdes y la canción, la versión de ?Blue Velvet? de Bobby Vinto. Después llegó una oreja tirada en el campo. Y ya está». En el libro da una explicación a una pregunta básica que él se realiza: «Por qué, si la meditación es tan estupenda y proporciona semejante felicidad, mis películas son tan oscuras e incluyen tanta violencia». Es sencillo: Lynch no hace cine «iluminado», «soy sólo un tipo de Montana que se dedica a lo suyo y sigue su camino como cualquier otro». Algo de sosiego proporcionará a los «fans» saber que es reacio al sufrimiento del artista, dado el sufrimiento de sus personajes. Primero, porque «si soportas demasiada tensión, serías incapaz de crear» y, segundo, porque «el cineasta no tiene que sufrir para mostrar el sufrimiento».
Nada será peor que «Dune»
Extraña, sin embargo, que reconozca después de las numerosas lecciones de meditación que realiza en estos textos, muchos encabezados por los más influyentes «yogis», que alguna película suya no estuvo a la altura que le exigen sus adeptos. Por ejemplo, «Dune» (1984). Sin embargo, aprovecha el fracaso para quitarse el miedo que precisamente aporta el triunfo: el miedo al fracaso. «Pero si vienes de un momento muy bajo, como me ocurrió a mí después de ?Dune?, tal vez no sientas el menor temor: te parece que no puedes ir a peor».
«Dentro de todo ser humano hay un océano de conciencia vibrante, pura». Así es como funciona la meditación trascendental. Hay que pescar en las aguas profundas saliendo al encuentro de lo impredecible: el reflejo casual en un espejo de un ayudante de decoración en «Twin Peaks» durante el rodaje. Hacer una película, dice, es como tallar una madera. ¿Por qué siempre la madera, los troncos y los árboles? Su padre estudiaba los árboles. Y fue en un jardín donde llegó a la pintura y al cine a través de la pintura en movimiento. Ahora afirma que el cine ha muerto. Él rueda en vídeo digital, tiene una web de pago para mostrar sus trabajos y augura un futuro ilimitado a los nuevos medios de realización. Uno no puede dejar de pensar en Laura Palmer al leer el último párrafo del libro: «Que todo el mundo sea feliz. Que todo el mundo esté libre de enfermedades. Que haya buenos auspicios por doquier. Que nadie conozca el sufrimiento»


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